Todos los cuentos terminan mal (2 de 2)

El verano acababa de comenzar y, con él, llegó de tierras lejanas un príncipe misterioso. El color de su vestimenta había terminado por ser algo indefinido, cambiante entre el gris y el marrón oscuro. Decía haberse visto arrojado a la injuria del destierro al ser el primer heredero de un reino muy remoto, cuyo regio padre había sido destronado y decapitado por su pueblo ingrato. Se presentó en el castillo sin más ropaje que unas albarcas, una túnica medio deshilachada y pantalones de algodón sembrados por agujeros, algunos de los cuales parecían hechos a propósito para sacar por ellos extremidades inexistentes. Se presentó sin más arma que una daga mellada. En cuanto mostró su voluntad de terminar con la bestia y contraer matrimonio con la joven princesa, el rey no pudo evitar sufrir un ataque de risa.
–Muchos y mejores que tú han fracasado –dijo tras reponerse–. A esa bestia no se le vence con baratijas.
–Claro que no, mi señor –respondió con voz tranquila de degustador de palabras–. Por eso yo venceré donde todos han fracasado.
El príncipe exiliado dejó al rey a solas con su consternación y montó en su vieja yegua hacia la cueva del dragón. No se trataba de un viaje arduo para la yegua, acostumbrada como estaba a cruzar reinos enteros. Mientras galopaba en busca del siguiente arroyo, ella se entretenía mirando las amapolas que condimentaban los campos de trigo.

–Lo veo, hijitos míos. Ya veo otro arroyo –decía la perdiz exhausta, mientras sus crías organizaban una carrera para disputarse el agua fresca. Y luego alzaba la voz–. ¡Bebed todo lo que queráis! ¡Esta luna no dormiremos, hay que llegar cuanto antes!

Quizá de ser otro su amo no habría tenido que pasar tantas lunas sin dormir, pensaba la yegua entre las estrellas. Nunca terminaba de fiarse de él, pero era su fuente de alimento asegurado. Y era el único dos patas que hablaba su lengua. Al rato pudo ver otro sol al final del paisaje.

Éste era aún más radiante que el anterior. El peso del aire había aumentado y, mientras lo atravesaba, nuestra perdiz creía estar andando bajo la superficie de una ciénaga en llamas. Las crías, cansadas por la fatigosa luna, avanzaban a trompicones, deseando el siguiente arroyo.

Aún conservaba el sabor metálico del último sorbo. El dragón había elegido sin duda una tierra muy fértil para anidar. Se situó a la entrada de la cueva, retuvo cuanto aire pudo en sus pulmones gastados y le llamó.

–Mami, ¿cuanto queda? No puedo más.
–En el siguiente sol estaremos, hija mía. Tan sólo una luna más.
–No te creo. Dijiste que llegaríamos antes que la luna.

–¿Qué deseas hermana? –la voz de bronce resonaba en las paredes de la cueva.
–Vengo con un dos patas. Quiere ayudarte a acabar con quien te mandó matar. Con el dueño de estas tierras. Te guiará a su madriguera.
–¿Te refieres a su rey? Imposible. Es el líder de la manada. Todos los dos patas le rinden pleitesía.

–Ya os lo he dicho muchas veces –miraba a la hija que todo lo cuestionaba–. Puede que volvamos a estar con papá. El sabio negro puede saber cómo encontrarlo.
–Me da miedo. ¿Y si miente? ¿Y si nos come?– dijo el más asustadizo.
–Si fuese así ya se habría comido a otros antes que a nosotros y el conejo nos lo habría dicho. Pero nos dijo que sólo se alimentaba de dos patas.

–No es mi amo. Es mi compañero de viaje y habla nuestra lengua. No es como los demás dos patas.
–Demuéstralo.
–¿Crees que si lo fuese no me habría matado ya? Estoy esquelética, no sirvo para cargar peso ni para dar vueltas alrededor de eso que huele a trigo.

–Tanto si confiáis en el sabio como si no, vamos a seguir andando. Puede que no os acordéis de vuestro padre, pero merece mil veces la pena este esfuerzo si, al final, él nos está esperando.
–Yo confío –dijo, a pesar del cansancio, el más desenfadado de los cuatro machos. Todas las crías secundaron esta afirmación a excepción del esquivo de la camada, aunque tras su mirada fatigada se asomaba la aprobación.
–Gracias, hijos míos.

–No miento. Podría contarte por cuarta vez mi historia y seguiría siendo la misma –las palabras se vertían entre pausas a la entrada de la cueva–. ¿No ves mi pobre indumentaria? Los hombres me lo han quitado todo. Sería para mí un honor servir a un ser tan majestuoso.
–Está bien. Sube a mi lomo sin armas ni trucos y guíame. Ya sabes lo que te espera si me fallas.
–Lo sé. Gracias señor mío.

–¡Mami! ¡Mami! ¡Mira allá!
‘Es imposible que se esté quieto. Otra vez con sus nervios’, pensó la perdiz justo antes de levantar la vista y ver, a lo lejos, a un macho adulto. Era él, era su amado, había vuelto. El sabio no estaba equivocado. Corrió hacia él frenéticamente en ese mundo en llamas. Sus hijos le seguían con torpeza. Pensó que las patas se le rompían. Corrió, corrió y corrió. Él gritaba algo pero sus palabras eran silenciadas por aquel sol sofocante. Sólo cuando estaba a un ala de él le oyó.
–¡No vengáis! ¡Os matarán! – gritaba un macho cualquiera a través de los barrotes.

–Hacia allá. Hacia esas tierras baldías.
El dragón tomó esa dirección, pero desconfiaba. No era ese el lugar desde el que solían llegar los dos patas a intentar matarlo. ‘No puede ser’, pensó, ‘la mayoría de ellos deben partir de las tierras de su líder. Al menos los que llevan corazas idénticas. Este dos patas es como todos. Me engaña para poder matarme como han hecho con mi estirpe desde el comienzo de los tiempos. Pues bien, seré yo quien lo mate’. Giró bruscamente, se puso cabeza abajo y esperó oír el grito desesperado del farsante cayendo al vacío. Pero no oyó nada. Primero sintió que algo se agarraba a su ala derecha. Luego un dolor brutal trazó un surco en ella.
–Casi lo consigues maldita bestia –murmuraba el príncipe exiliado mientras con su daga no paraba de hacer cortes en la blanda membrana que formaba el ala.

La red había atrapado al completo a las ocho perdices. Estaban en el aire y, de repente, habían caído al suelo unas encima de otras. Un dos patas las fue metiendo en un saco mientras ellas se retorcían y lanzaban picotazos inútiles y desesperados contra el cuero que protegía sus manos. Poco después, en la oscuridad pendular del saco, la madre intentaba consolarlas. Pero era su anhelo de una tranquilidad ahora desbaratada y no ella quien hablaba.
–No temáis. No temáis. Estamos juntas y eso es lo importante.
–¡Mami! ¡Mami! ¡Tengo miedo! –repetía sin parar un hijo suyo.

Con las dos alas llenas de cortes y heridas el dragón cayó sin remedio. Su verdugo había sido muy hábil saltando de un ala a otra, evitando las bocanadas de fuego proyectadas hacia adelante y agarrándose a sus escamas dorsales con tenacidad parasitaria. Intentó sin remedio buscar un lago donde caer, pero no había nada en esa dirección excepto tierras yermas y rocas. Terminó por reventar en una explanada reseca de color ocre bajo la mirada opresiva de aquel sol que, como él sabía, era el único que había en este mundo.
–Esperaba traición de un dos patas, pero no de un viejo animal –fueron las palabras que pronunció antes de morir con la voz rota como sus entrañas.
–Mi yegua ha crecido entre humanos –respondió el príncipe. Esta vez sus susurros eran jadeantes.

Lo que viene ahora es un desfile de angustias y presagios sombríos por parte de las ocho perdices que prefiero ahorrarte para llegar al triste desenlace de este cuento. Las perdices habían sido capturadas por un noble que debía favores al rey. Él pensaba ofrecerlas como alimento en algún festín en sus tierras. Sin embargo no tardó en expandirse por todo el reino la noticia de que el dragón había encontrado su muerte a manos de un astuto príncipe. La cabeza del dragón se cortó y se empaló en la torre más alta del castillo en señal de victoria, y pronto la casa real anunció la prometida boda entre la hija del rey y el príncipe exiliado. En cuanto el noble se enteró de esto envió a un sirviente con las perdices como señal de adhesión al rey y, sobre todo, para transmitir implícitamente su disposición a devolver los favores que antes mencioné. Las perdices, ya consumidas por la desesperación, pasaron varios días en jaulas colgadas en el techo de los establos, hasta que llegó el día de la boda y las llevaron a la cocina.

Nuestra protagonista estaba mucho más delgada que cuando fueron capturadas. El terror de lo que presentía la había consumido. Fue al salir del saco en el que las habían llevado a la cocina y oler la sangre derramada cuando el presagio se convirtió en certeza. Manos recias y experimentadas agarraban a sus pequeños y les iban rompiendo el cuello con un movimiento seco. Ella miraba espantada las cabezas que colgaban inertes sobre el pecho. Mientras su cuerpo contemplaba la escena, su espíritu ya andaba en caída libre por los abismos del horror inconcebible y del absurdo atroz. Y entonces, en una última y precipitada sucesión de pensamientos, recordó a su amado que la doctrina del sabio negro con sus formas circulares y sus repeticiones porque sí no haría volver, vio charcas y extensiones de trigo negro sobre su matorral por siempre aplastado por conejos inseguros y dos patas que pisaban la vida de sus hijos muertos con su escarlata reventado en el vientre y cabezas rotas que oscilaban una sola vez para no volver a oscilar nunca jamás después de la muerte eterna que saltó sobre ella tras el crujido final que rompió el mundo en pedazos.

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Todos los cuentos terminan mal (1 de 2)

Érase una vez una perdiz. Era una perdiz como tantas otras, con preocupaciones de perdiz corriente: crías que cuidar, depredadores que evitar y una llanura con abundantes campos de trigo que recorrer todos los amaneceres en busca de alimento y agua. No era la más sabia ni la más ignorante de las perdices y, a pesar de no haber hecho nunca nada heroico, su vida diaria estaba salpicada por el tenue pero duradero resplandor de las pequeñas cosas.
Había sido cortejada por un apuesto macho que la abordó en una de sus visitas a la charca de la zona. Sin que ella mediase palabra, él se prestó a indicarle el lugar donde el fondo era menos barroso y el agua fluía limpia y cristalina. Era un lugar de difícil acceso, por lo que no es de extrañar que nuestra protagonista no reparase antes en él a pesar de haber visitado la charca con frecuencia desde el día en que puso tierra entre ella y la protección de sus padres.
Una vez de vuelta al matorral donde ella consumía sus noches de soltera, aquel macho, que había insistido en acompañarla para prolongar la animada conversación que florecía entre ambos, le ofreció una danza ejecutada con una coordinación sobreaviaria. Tras esto ella le ofreció cobijo, compañía y amor en el lecho del desastrado matorral donde tantas noches había dormido sola.
Pasados varios amaneceres de pasión y cariño, ella descubrió que iban a ser padres y él no tardó en comenzar, por iniciativa propia, a construir un nido para las crías. Para ello escarbó un agujero en la tierra arenosa, cerca del matorral donde se habían amado febrilmente y lo rodeó con hierbas, hojas y algunas flores para darle un aspecto más acogedor.
–Mi diosa de plumaje sedoso no merece menos –afirmó para rematar el trabajo bien hecho.
Tras la puesta de huevos se fueron turnando para incubarlos mientras esperaban el nacimiento de sus pequeñines. Ella había puesto un total de doce huevos marrones con motas oscuras, como almendras colosales, que tras veinticuatro amaneceres empezaron a eclosionar.

Mientras la perdiz de este cuento y su amado descubrían los gozos y sacrificios de la paternidad, el reino de los hombres dentro de cuyas fronteras vivían se encontraba en un estado de terror provocado por la llegada a sus tierras de un descomunal dragón negro. A tal nivel llegó el pánico que en el castillo real se empezó a temer una insurrección si no se hacía algo para acabar con aquella muerte alada con mandíbulas y aliento por guadaña.
Fue entonces cuando el rey convocó a los principales caballeros del reino y de los reinos vecinos y declaró, con voz firme y desaliento en los ojos, que la mano de su única hija sería de forma incondicional para aquel que diese muerte a la bestia.

Nuestra pareja de perdices sabía poco de dragones y nada de reinos y princesas. Las doce crías que habían roto sus mundos ovalados para nacer eran lo único que les preocupaba. Por desgracia, no tardaron en descubrir lo despiadada que la naturaleza suele ser con los más indefensos.
Aunque eran crías tan despiertas que un sólo amanecer después de salir del cascarón abandonaban el nido, seguían necesitando la guía y vigilancia constante de sus padres, que tuvieron que aprender a serlo a base de penalidades para las cuales ningún ser está preparado. Cuarenta amaneceres después del nacimiento de la última cría, a nuestra pareja tan sólo le quedaban siete hijos, entre los que había cuatro machos y tres hembras. Los otros cinco habían sido víctimas de las ineludibles enfermedades primerizas y de las siniestras visitas de águilas y perros salvajes durante el sol y de zorros durante la luna.
Poco después nuestra protagonista sufrió otro duro golpe. En el transcurso de una luna helada que se había infiltrado en el brotar de las hojas, unas mandíbulas de zorro quebraron la fría quietud del matorral y se llevaron a su amado.
El entusiasmo sereno de su canto, la mirada de sus ojos chispeantes, su desenfadada gentileza, el calor del blanco y escarlata de su pecho y su afable conversación. Todo esto y todo lo demás que el zorro devoró aquella luna siguió viviendo dentro de ella. Las perdices saben que nada muere del todo hasta que es olvidado. Esa certeza y el saberse imprescindible para sus crías fue lo que le hizo salir adelante.

Es conveniente que leas este cuento como lo haría una perdiz. Es decir, como lo haría cualquier animal. Los animales no creen en conceptos abstractos ni en repeticiones. Cuando se refieren al tiempo tan sólo saben del sol y de la luna, del amanecer y del atardecer, del brotar y del caer de las hojas. Además saben muchas cosas que los hombres solemos olvidar, como lo de la muerte y el olvido que te decía antes, como que esta vida es la única que les va a tocar vivir, que la luz verdadera es aquella que está preñada de oscuridad o que la sangre sólo debe derramarse para obtener alimento o para amar. Estas son cosas que el hombre olvidó cuando comenzó a vivir entre paredes. Sin embargo, si vamos por el mundo con la guardia baja, puede ocurrir que al ver la sencillez no fingida con la cual los animales viven un atisbo de lo que podríamos haber sido nos hunda los dientes en lo más hondo.

Nuestra perdiz siguió llevando a sus crías a la charca en los amaneceres en los cuales en cielo no goteaba y el sol despertaba entre las montañas con tal fuerza que les hacía entornar los ojos. Desde el brotar de hojas la charca había ido disminuyendo de tamaño, pero aún había agua suficiente como para saciar la sed tempranera de los animales de la llanura. Ella era muy feliz viendo como sus pequeños bebían la vida igual que bebían el agua, con un ardor despreocupado que era una viva herencia del padre.

En el reino de los hombres los hechos seguían transcurriendo ajenos al drama de la perdiz de este cuento. Durante toda la primavera, caballeros de los lugares más variados habían llegado al reino para probar suerte contra el dragón. Suspiraban por la riqueza de la familia real y algunos también lo hacían por la candente hermosura de la joven princesa. Conforme la promesa del rey iba alcanzando reinos cada vez más remotos, los arriesgados luchadores acudían con mayor frecuencia a poner fin al terror. Hasta el momento todos habían fracasado y, los que no habían perdido la vida en el estruendo de las llamas y sido engullidos por la bestia, habían huido, de forma que sobre ellos pesaba una condena de muerte por traición en caso de que fuesen tan inconscientes como para volver al reino que fue testigo de su cobardía.

Un amanecer, estando nuestra perdiz en la charca, mientras seis de las siete crías se refrescaban en la orilla y jugaban revolcándose sobre la tierra, una hija suya permaneció junto a ella.
–¿Dónde está papá? –preguntó como si fuese la primera vez.
–Allí –dijo la madre, señalando con el ala a sus hermanas y hermanos.
En ese momento, un conejo marrón se les acercó a brincos cortos. Habló con voz apresurada, sin mirar a ningún punto concreto y sin dejar en ningún momento de olfatear el aire.
–El sabio corre peligro.
–¿Qué sabio? – replicó la perdiz mientras protegía a su hija.
–El sabio negro. Es inmenso y tiene grandes alas. Vive en una cueva. Ha vivido más que todos los del llano juntos. Es un tipo de mundo. Dice que es el último de su especie. Sólo se alimenta de los dos patas porque ellos mataron a toda su familia. O eso dice. Los animales que viven cerca de su cueva están protegidos por él. Por el sabio.
Nuestra perdiz intentaba asimilar la existencia de un ser tan prodigioso. Por un instante recordó a los dragones bondadosos de los que su madre le hablaba para consolarla en las lunas sin disco, cuando el vacío del cielo le espantaba y no podía dormir.
–¿Puede ser un dragón?
–Puede serlo. O puede no serlo. Pero eso es igual –hizo una pausa y repitió con rapidez –. Es un sabio.
–Está bien –dijo impaciente, mientras su hija asomaba la cabeza a su costado con los ojos rebosantes de interés–. ¿Qué hace para ser tan sabio?
–No creo que se pueda explicar con palabras. Es más bien una sensación. O eso creo. Pero intentaré explicarlo. Ha vivido tanto que siente cosas. Cosas de la tierra, del agua, del aire y de la carne que nosotros ni notamos. Él habla con esas cosas. Además tiene el saber del fuego. Los que hemos oído hablar de él vamos a la cueva en busca de consejos. Vamos tan ansiosos de sabiduría que todos los animales del llano nos mezclamos y olvidamos nuestras diferencias. En una ocasión dos lobos en lucha por una hembra le pidieron consejo para no matarse entre ellos. Él se rió y les dijo ‘¿Y por qué no dejar elegir a la dama?’. Otra vez yo mismo le pregunté por qué las charcas se secan y la hierba amarillea. Él dijo que el mundo que conocemos es circular. Dijo que es así porque los dioses hacen que las mismas cosas vengan una y otra vez.
El conejo entró en un breve letargo tras pronunciar las últimas palabras, dejando incluso de olfatear. Parecía haberse arrastrado a sí mismo a otro lugar. Poco después se sacudió de la cara el pasmo, pestañeó y continuó con su relato apresurado, como si nada le hubiese sobrecogido.
–Sí, eso es lo que dijo. A veces me cuesta acordarme bien de las cosas. Pero de esto no me cabe duda. Eso me hizo pensar en lo poco que sabemos de este mundo. Pero él parece saberlo todo –hizo de nuevo una pausa–. Por eso le llamo sabio.
La hija de la perdiz no había entendido casi nada, pero presentía que las palabras del sabio estaban conmocionando el mundo. Sus hermanas y hermanos habían ido abandonando progresivamente la charca para formar un corro alrededor de su madre y del conejo marrón. Las expresiones de incredulidad y de fascinación se habían apropiado de sus caras, alternándose entre unas y otras.
Nuestra perdiz había experimentado, con matices, el paso del escepticismo al desconcierto ante la mención de unos dioses que traen siempre las mismas cosas. Al oír hablar de esto al conejo había pensado enseguida en lo descabellado de semejante idea. Pero luego comenzó a temer que fuese cierta. Por supuesto, eso explicaría muchas cosas que intuía al enumerar los amaneceres y las caídas de hojas, como dando por hecho que se iban a seguir produciendo. Su angustia era la misma que sintió el conejo ante la enseñanza del sabio y la misma que sentiría cualquier animal con uso de razón ante tales palabras. A ningún animal le resultaría agradable pensar en una existencia dominada por fuerzas que escapan su alcance.
Sintió temblar el suelo bajo sus pies y pensó que en un mundo donde un sabio escupía fuego todo era posible. Y lo que era aún peor, si esos dioses oscuros eran capaces de traer el sol y la luna a su antojo, también podían hacer volver la muerte de su amado y de sus cinco hijos. Concibió un mundo en el que los seres mueren eternamente por tristes caprichos de divinidades crueles. Estas terribles ideas se le agolpaban en la cabeza y la mantenían inmóvil. Su silencio se unía al de sus crías y ocupaba cada vez más espacio. Era un silencio que, a gritos, demandaba al conejo continuar con la historia. Y eso hizo.
–Ahora el sabio se encuentra en peligro. Es por su odio a los dos patas. Él no le haría daño a ningún animal. Pero a los dos patas se la tiene jurada. Dice que antes había muchos más sabios como él y que ellos los mataron a todos. Sí, eso dice. Ha acabado con muchos de ellos. Pero no paran de llegar a su cueva dos patas con piel de acero que quieren matarlo. Llegan tantos y tan feroces que es casi imposible ir a la cueva a pedir consejos. Y, aunque hasta el momento se ha sabido defender, en todo el llano se teme por su vida.

Como puedes imaginar –y espero que no te moleste que te tutee de vez en cuando– la perdiz debía estar rebasada por tanta información. Aún no había podido interiorizar por completo la existencia del dragón y su enseñanza, y ya se le advertía sobre su posible asesinato a manos de los hombres. Ella había comenzado por considerar de forma pesimista las consecuencias de un mundo circular en el que todo vuelve. No podemos culparla por esto, ya que su vida reciente le empujaba a sentirse cercana a los sinsabores. Sin embargo, su prisma cambió al ser, al fin, consciente del riesgo que corría la vida del dragón. Pero ya basta de sacar la narración del mundo de los animales.

Lo bueno de las formas circulares es que se pueden recorrer en ambas direcciones. Si la muerte de su amado y de los cinco hijos podía volver eternamente, también podían volver sus vidas. Se quedó cabizbaja mientras sus crías hacían preguntas al conejo marrón, preguntas que ella ya no escuchaba porque el mundo entero estaba cambiando a su alrededor, reconstruyéndose por completo, trozo a trozo. Se descubrió a sí misma lo que en vano trataba de ocultarse; que aunque su amado seguía viviendo en ella y en sus pequeños, ella extrañaba su cuerpo y su voz. No hay forma de saber cuanto tiempo le llevaron estas reflexiones pero, cuando llegó a un punto en el que supo que ella sola no podría hacerlas madurar más, levantó la cabeza, miró decidida al conejo e interrumpió las preguntas.
–¿Dónde está la cueva del sabio? Necesitamos su consejo.
Poco después la perdiz y sus siete crías vivas se dirigían a la cueva. Como las crías aún no habían dominado el arte de volar, todas las perdices tuvieron que ir a pata. Los soles de entonces eran codiciosos y parecían querer quemarlo todo, pero el grupo avanzaba con firmeza y los pequeños iban con ojos curiosos que posaban en rocas, musgos, arbustos, espigas de trigo y amapolas, haciendo con sus descubrimientos más llevadero el camino.

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Mercancías

El sol se reflejaba con fuerza en el espejo retrovisor. Su superficie, radiante a la vez que fría, acompañaba al camionero a lo largo de su viaje.
Transporte de mercancías sin alma. Muebles inertes, tablones que engendrarán muebles, materiales de oficina que llenarán muebles. Esa fue su vida durante muchos años. Por llamarla de alguna forma, pensó con la melancólica sonrisa de quien se había enfrentado a sus demonios hasta conseguir una tregua que se le presentó en forma de oferta de trabajo:
Transporte de soles. Se busca a alguien con experiencia en transporte de objetos a larga distancia. Imprescindible pulso firme.
Y vaya si era imprescindible. No resultaba fácil encuadrar el sol en el retrovisor durante todo el trayecto. En esta ocasión estaba acercando un sol a los empleados de una oficina sin ventanas.
Corrían tiempos duros en que la naturalidad del mundo viajaba enlatada en un frío espejo. Y aún así el camionero sonreía, pues al menos podía acercar vida. Mercancías con alma.
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Asfixia

Dos tercios de mis compatriotas leen esta clase de periódicos, leen todas las mañanas y todas las noches estos ecos, son trabajados, exhortados, excitados, los van haciendo descontentos y malvados, y el objetivo y fin de todo esto es la guerra otra vez, la guerra próxima que se acerca, que será aún más horrorosa que lo ha sido esta última.
(Hermann Hesse – El lobo estepario)

Muchos años antes del cataclismo el mundo ya estaba limitado por una cúpula de cristal y reposaba en la estantería de algún salón sin que nadie le hiciese mayor caso, pero dentro de esa semiesfera de cristal la vida hervía, había campos y ciudades sobre los que nevaban arbitrariamente, con el capricho altivo de la voluntad de los dioses, copos enormes del tamaño de una casa que sepultaban barrios enteros entre corchopán y aire denso, porque el aire no era aire sino más bien era una especie de éter líquido y translúcido, una sustancia que los dioses del universo exterior conocían y miraban a veces con el desinterés de lo rutinario y llamaban agua, y el éter-agua estaba lleno de partículas de oxígeno que permitían a los habitantes de la medio bola de cristal respirar, y entre aspiración y exhalación, relacionarse, amarse, odiarse, concebir vida o matarse, de hecho no paraban de matarse, aunque hubo un tiempo en el que vivieron en la ilusión de haber entrado en razón y durante el que generaron más vida que muerte, en una era de espejismos en la que los pueblos se hicieron ciudades, las ciudades se hicieron ciudades-estado, las cabañas se hicieron casas, las carreteras se hicieron autopistas, las escuelas se hicieron universidades y las armas se hicieron añicos, y entonces vino una era de placidez indolente que luego se conoció como la época dorada, donde las personas vivían felices dentro de la burbuja cristalina, ganaban dinero, usaban cuantos recursos querían sin preocuparse por el futuro y construían sin parar porque su ignorancia les hacía creer que la única forma de crecer es la física y que las cosas son mejores cuanto más grandes, pero luego llegó otra corriente contraria que estaba tan equivocada como la anterior y decía que las cosas eran mejores cuanto más pequeñas y estas dos facciones hundieron la época dorada para siempre y refundieron las armas porque se dedicaron a perder el tiempo primero en discusiones y luego en guerras para imponer fútiles opiniones acerca de la magnitud que menos importaba, porque para ellos lo que importaba era llenar de alguna forma sus vidas vacías aunque fuese con la sangre del vecino, y así se establecieron las Guerras Sobre El Tamaño en las que sólo resultó vencedor el sufrimiento que se pegó el lote con su parienta la muerte, que era también la amada de los habitantes de ese mundo, que no sabían apreciar la vida y preferían perderla en fruslerías y chismorreos, así que a estas alturas de la crónica ya no se sabe si realmente fue para ellos una tragedia lo que ocurrió o si fue el más merecido de los abalorios sobre el traje de muerto de una civilización perdida que vivió con la semilla de su propia muerte y la regó con desencuentros, incomprensión, banalidades y generalizaciones, con superficialidad a fin de cuentas, y que necesitaba que la sangre fluyese para sentirse existir, pues no fue mucho después de las Guerras Sobre El Tamaño cuando los científicos de las universidades recién reconstruidas comenzaron a advertir sobre la progresiva disminución de oxígeno en el éter, pero nadie quiso hacerles caso porque cómo va a ser eso importante al lado del daño que nos hace la ciudad-estado vecina que luchó contra nosotros en la guerra, o quizás luchó con nosotros pero lo hizo por conveniencia no porque viesen justa nuestra causa y que además con tal de jodernos hasta habla en otro idioma que no es el nuestro, es que acaso queréis que percibamos nuestra desgracia como si fuese nuestra, como si no fuese culpa de esos ingratos, y así seguían ahogando su incapacidad para entenderse a sí mismos en los demás y manteniendo relaciones superficiales de rasca y pierde, buscando la evasión de una jaula que no existía y que no era la que formaba la cúpula de cristal, porque ni tan siquiera se habían molestado en explorar la composición química del puñetero cristal y daban por hecho que iba a estar allí toda la vida y que, total, si se rompía por el capricho de algún dios sería porque ese dios lo habría querido, así que en esas andaban cuando la Asociación de Científicos de Rilka, que era la mayor ciudad-estado de aquel mundo, puso el grito en el cielo y emitió un comunicado que venía a decir a los gobernantes y al pueblo vosotros sabréis lo que hacéis pero vamos derechitos al desastre, el aire escasea y los cinturones industriales en construcción van a acelerar la falta de oxígeno, también decía otras cosas que a la gente le dio igual porque les distraía del ejercicio de caricaturizar al compañero, así que todos siguieron tan felices hasta que un día comenzaron a sucederse los temblores de tierra tirando abajo las casas entre ondas de éter, dejando a lo largo y ancho de la medio bola a miles de familias desamparadas en las calles sin más techo que la cúpula cóncava bajo el que dormir, como si fuesen juguetes sucios arrastrados por una inundación casera, a lo que el gobierno de Rilka y el del resto de ciudades-estado respondió ofreciéndoles refugio, satisfaciendo las necesidades inmediatas de los damnificados sin prevenir futuras desgracias y sin escuchar a los científicos que decían que los temblores eran consecuencia de un cambio en la composición del éter que le quitaba consistencia al suelo y que ese cambio venía dado una vez más por la escasez de oxígeno, escasez que a todos les daba igual mientras pudiesen respirar, pero ocurrió que pasaron los años y las personas de más avanzada edad y las de peor salud empezaron a ponerse moradas y a caerse en las calles con las cabezas púrpuras como lombardas y ahí fue cuando comenzó el cataclismo que mandaría a paseo toda la civilización, porque la gente vio en los ojos de venas hinchadas de los muertos el vacío de esa misma inexistencia que buscaban tan denodadamente y por alguna extraña razón resultó no gustarles tanto como pensaban y decidieron que tenían que evitarla, cosa que los científicos ya habían empezado a hacer construyendo en los centros de investigación depósitos de oxígeno artificial que no eran suficientes para dar abasto a toda la población, así que por mucho que pidieron calma, tengan paciencia y sean solidarios con el compañero de al lado, ese que tiene la cara ya de un rosa violáceo, a la gente le dio igual todo y se lanzaron en tropel a por los depósitos de oxígeno con tal virulencia que los gobiernos de las distintas ciudades-estado asumieron el control por la vía de las armas y prometieron repartir oxígeno a sus habitantes cuando en realidad lo que ansiaban era el oxígeno de la ciudad-estado vecina, así que todas las ciudades se embarcaron en la Gran Guerra del Oxígeno en la que soldados y civiles se torturaron, vejaron, desmembraron y mataron con la inconsciencia bruta asomando a sus ojos, y quizá habrían estado de acuerdo con Armanda cuando le dijo a Harry Haller que la asfixia es una muerte muy dura porque se pelearon de forma terminante para morir masacrados en lugar de asfixiados, parecía que les bastaba con el odio y la venganza para vivir y casi era así, en realidad les bastaba con el odio y la venganza para morir pues, como ya dije antes con otras palabras, la vida de esta civilización en poco o en nada se diferenciaba de una muerte cotidiana que anhela y suspira por la muerte definitiva y eterna como el silencio que sucedió a la Gran Guerra del Oxígeno, durante la que la gente salió de sus casas con armas pensando antes de que venga el ejército enemigo ya voy yo a su ciudad a llenarles el alma de plomo y entre ciudades deshechas en cascotes, aceras ensangrentadas, cunetas sembradas de cuerpos como tiestos alargados de un mundo macabro, campos en los que se desbordaban las hierbas secas y en los que sollozaban entre crujidos ramas de árboles acartonados, absolutamente todos, sin distinción de edad, raza, sexo o religión, se mataron sin misericordia hasta que no quedó ni uno solo y se exterminaron para siempre como civilización entre litros de éter estancado y tumefacto porque preferían hacerse callar para toda la eternidad antes que aguantar las diferencias que les separaban y especialmente porque llegado el caso de haber vivido hasta consumir todo el oxígeno hubiesen preferido sin lugar a dudas arrancarse piel y entrañas entre hermanos y semejantes antes que tener que aprender juntos a vivir sin aire.

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No nos dejéis caer [Opinión]

Esto no es ningún cuento. Es una opinión, es un grito, es un desahogo, es un coger aire para lo que vendrá, es cualquier cosa menos un cuento. Los cuentos, hasta los más crueles, tienen la amabilidad de las ensoñaciones, tienen el detalle de no saltar del papel o de la pantalla para agarrarnos el cuello, de forma que hasta de los cuentos más oscuros podemos extraer una enseñanza y salir indemnes. No ocurre así con la realidad. Y últimamente parece ser que la realidad no se anda con miramientos.
Hoy he visto en la prensa –concretamente en este artículo– que la próxima reforma penal (que entrará en vigor antes del mes de junio) pretende equiparar la resistencia pacífica al atentado a la autoridad, de forma que manifestaciones pacíficas de descontento ciudadano en la vía pública tales como sentadas, acampadas, etc… podrán ser penadas con hasta tres años de cárcel. Al ser dos años el límite máximo para obtener la libertad bajo fianza en los casos de personas sin antecedentes penales, esto supone el ingreso en prisión de cualquier ciudadano que manifieste su descontento de forma pacífica en la vía pública.
Soy muy crítico con la generación de nuestros mayores, esa generación que valerosamente luchó contra la dictadura franquista para luego conformarse con una suerte de oligocracia, con un escenario político repleto de vacas sagradas que lo son mientras convienen (véase la reforma de la Constitución por parte de los mercados el verano pasado), con una dialéctica política digna de una riña de patio de colegio, con una insinceridad y falta de pudor constantes tomados por esos mismos que de jóvenes lucharon contra la dictadura como algo trivial, con una pérdida progresiva de derechos a merced de un mercado global que hace mucho desplazó al ser humano de su centro. Como digo soy muy crítico con ellos, pero mi generación –la de los siempre adolescentes, niños eternos atontados por juguetes sofisticados, cuando no por burdas peleas de corral en la televisión– no es mejor que ellos. No son unos antecedentes ni es un escenario muy halagüeño, y sin embargo las movilizaciones de la pasada primavera demostraron que aún queda esperanza. Esa primavera quedó patente para muchos que el camino de la pasividad social no nos lleva a nada y se optó por la colaboración ciudadana en aras de algo mejor. El 15 de mayo supuso un punto de inflexión en el comportamiento ciudadano, una ruptura con la pasividad social que arrastrábamos.
¿Por qué digo todo esto? Porque esta única esperanza de mejora, de cambio social, de apertura a iniciativas más humanas, también la quieren silenciar. Y, de prosperar esta reforma legal, veremos en las cárceles a personas cuyo único delito habrá sido protestar pacíficamente contra algo percibido por muchos como injusto. No sé cual es la definición internacionalmente aceptada para “preso político”, pero no creo que ande muy desencaminada.
Y no se trata de personas difusas sin rostro. Somos vuestros hijos, vuestros padres, vuestros amigos, vuestros trabajadores, los que os atienden en las cajas del supermercado, los que escriben en los periódicos y hablan en las radios, los que desarrollan las aplicaciones informáticas que usáis y envasan los productos que consumís. Nos veis en reuniones familiares, cuando salís con nosotros de cañas, cuando vais a la calle a comprar o a dar un paseo, cuando estáis trabajando. Y nos quieren encerrar.
Tened por seguro que tomamos esto por lo que es: un pulso entre miedo y conciencia. Pero si hemos aprendido algo de los errores del presente y del pasado es que ya va siendo hora de que prevalezca la conciencia. Así que seguiremos allí: en las plazas, en las manifestaciones, en donde haya que estar para frenar un modelo sin corazón que se olvidó del ser humano hace ya varias décadas pero que, hasta ahora, al menos lo intentaba disimular. Seguiremos allí aunque nos amenacen. Seguiremos allí aunque nos detengan. Seguiremos allí aunque nos tachen de bárbaros y nos equiparen con terroristas porque sabemos que no lo somos, sabemos que sólo somos gente que quiere vivir y expresarse en paz y libertad. Sabemos que quienes acallan las voces pacíficas lo único que hacen es fomentar la barbarie, porque necesitan la barbarie para justificar su mal hacer. Estad tranquilos, nunca fuimos violentos y no vamos a caer en ese juego. Y si nos tienen que detener por ello, nos detendrán. Y si tenemos que sufrir condena por ello, la sufriremos.
Pero vosotros, quienes estáis leyendo estas líneas, sabed que, como esto siga el curso que está tomando, pronto vais a perder a amigos, familiares, a compañeros de trabajo, a trabajadores y a vecinos en las cárceles. Lo único que puedo pediros es que no nos dejéis caer, que cuando se convoquen las manifestaciones para frenar esta locura estéis allí, junto a nosotros, defendiendo el derecho de todos a la discrepancia, porque de lo contrario muchos vamos a ser silenciados solamente por pensar.
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Luciérnagas invisibles

El sol se escondía bajo la tierra del valle, lanzando sus últimos guiños a través de los cristales polvorientos que enmarcaban la chimenea. Sentado en un extremo del sofá-hamaca –una suerte de colchón dividido en base y espaldar, suspendido en el aire y sujeto a una estructura triangular metálica–, Ismael se balanceaba mínimamente mientras acariciaba al chucho tendido a su izquierda. El animal estaba recostado sobre el tenue estampado florido de la funda del colchón. Encontraba asombroso haber necesitado algo más de setenta años para llegar a entender que lo importante se podía reducir a la espera de una llamada cada tarde junto a un perro enfermo.
Ismael escuchaba la radio situada en el velador de su derecha, tras el teléfono de botones cuadrados. Quedaban pocas emisoras abiertas, pero había encontrado una que repetía una y otra vez canciones de su juventud, de un tiempo en el que los ritmos eran más pausados. A la hora exacta sonó el teléfono. Apagó la radio y descolgó.
–Hola hijo.
–¿Cómo estás papá?
–Perfectamente. Hace un rato he ido a regar las habas. La tierra está rara, es insaciable, lo absorbe todo.
Hubo un silencio del otro lado de la línea.
–Sigo sin entender por qué te has quedado.
–No me fastidies otra vez con eso –dijo Ismael–. Alguien tenía que hacerlo.
–Sí, claro. Alguien tenía que ser el guardián de la casa. Vamos papá, deja de martirizarnos y ven a la ciudad.
–Ya visitaré vuestro piso cuando me apetezca, no entiendo a que vienen tantas prisas.
–Pero, ¿tú eres consciente de lo que ha pasado? ¿Te crees inmortal? –aulló suplicante su hijo–. ¿Crees que eres inmune?
– No, no lo creo, pero es aquí donde quiero estar. Además, te he dado todo lo que has necesitado, así que déjame morir donde quiera.
Hubo otro silencio. Su hijo sollozaba. “Toma, yo desisto”, le escuchó decir Ismael con una voz entrecortada que parecía proceder del fondo de un recipiente. Sara tomó el teléfono. De lejos le llegaba a Ismael el sonido de los pasos precipitados de su hijo por el pasillo.
–Mire –dijo Sara–, si no quiere venir a vivir con nosotros, al menos háganos una visita, venga a conocer nuestro piso. Tenemos una terraza con flores y enredaderas que da al este. Podría entretenerse cuidando las plantas, pasear por el parque…
Ismael miraba abstraído las piedras de las paredes sin encalar, piedras sujetas al yeso. Rascaba la nuca del perro dormido con la mano izquierda y movió ligeramente la derecha, alejando un poco el altavoz de su oído mientras acercaba a su boca el transmisor. Habló con voz grave y serena.
–Sara, no se trata de vosotros ni de las plantas. Además, no estoy solo, tengo conmigo al perro que encontré después del accidente. Es por la casa, me he pasado toda la vida entre estas cuatro paredes y estos campos y no lo voy a dejar ahora. Os agradezco la preocupación, en serio, pero me quedo hasta el final.
Otro silencio comenzó a espesarse a través de la línea aunque, antes de que les aislase por completo, Ismael se encargó de diluirlo con palabras.
–Bueno, dime, ¿cómo van las cosas por allí?
–Bien. No sé qué contarle. Aquí la gente sigue obsesionada por adivinar la dirección del viento, pero yo creo que es cosa del alarmismo, aunque, ya sabe, a su hijo le afecta mucho. Lo he convencido para ir a dar una vuelta por el centro comercial y que le de un poco el aire.
–Haces bien, no es bueno pensar demasiado.
–Eso mismo le digo yo, pero él se empeña. Anoche mismo me despertó y me habló de salir del país. Decía que no estábamos a salvo, que no era sólo por nosotros, que había que pensar en el niño. Yo qué sé, manías que le dan. Me alegro de que usted me entienda.
–Ajá –dijo Ismael sin apenas vocalizar. No la entendía, pero hacía tiempo que había desistido de entender nada. A su lado el perro acababa de despertarse y se desperezaba. Le acarició la cabeza, atusándole los flecos negros y grisáceos en que, a fuerza de soledades de matorral y barro, se había transformado su pelaje. Algunos pelos caían y se iban acumulando sobre la funda estampada.
–Pues ya ve, yo quiero que venga a vernos, claro que quiero. No es bueno estar siempre solo. Pero su hijo se lo toma de otra forma, parece que le vaya la vida en ello. No confía en lo que dice el gobierno, se pasa todo el día hablando de los rusos y de los japoneses… Vaya, ya vuelve. Se lo paso, a ver si me lo calma un poco.
Ismael aprovechó la pequeña espera para fijarse en la cabeza del perro. Tenía el pelo muy inestable, clareaba en algunas zonas y se le caía con facilidad. Incluso uno de los flecos, sobre la oreja derecha, estaba bastante desprendido, como si alguien se lo hubiese pegado con pegamento barato. Entonces oyó pequeños crujidos mientras su hijo acomodaba el teléfono.
–Hola papá –le escuchó decir, más sereno–. Ya no te voy a insistir más, haz lo que quieras.
–Vale. Por cierto, Sara me ha dicho que os vais de tiendas.
–Sí, ahora ha ido a preparar al niño. Saldremos en cuanto colguemos. Pero no nos perdamos otra vez, ¿qué tal tu día?
–Pues ahora, con este frío, se hace más duro salir a regar. Y además hoy he empezado la poda de los viñedos, que dan un poco de pena en esta época, desnudos, bajo un sol que no calienta. Pero estoy mejor que nunca, tranquilo, donde quiero estar, con la compañía del perro y con la vuestra, aunque sea en la distancia; así que deja de preocuparte.
–Cualquier día de estos cojo el coche y te obligo a venir con nosotros.
–Saliste a tu madre en la testarudez. Todas las tardes lo mismo. Anda, déjalo ya, háblame de ti.
–¿Qué quieres que te cuente? No ha habido ningún cambio digno de contar desde ayer. Y en el trabajo más de lo mismo. Oye, por aquí viene Sara con el niño ya arreglado. ¿Quieres hablar con él?
–Vale, pásamelo.
“Ponte, es el abuelo” escuchó Ismael momentos antes de oír la voz desmañada de su nieto.
–Abuelito, abuelito. ¿Cómo está el perro?
–Bien, se porta muy bien.
–Yo quiero tener uno, pero no me dejan.
–¿Quién no te deja?
–Mis padres –dijo inocentemente su nieto con la voz de contar secretos, como si no estuvieran a su lado.
–Eso es porque antes tienes que crecer.
–Abuelo, ¿te puedo hacer una pregunta?
–Claro que sí.
–No te vas a morir, ¿verdad?
–¿Por qué dices eso?
–Papá me dice que hay luciérnagas invisibles en el campo, que son tan pequeñas que no se ven pero que hacen daño.
En ese momento su padre le quitó el teléfono.
–Bueno, ya está bien. Tenemos que irnos –refunfuñó–. Hasta mañana.
–Hasta mañana –dijo Ismael extrañado y con cierta pena.
Después de colgar, Ismael dio un pequeño impulso al colchón, balanceándose distraídamente.
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